Regalos de bienvenida al mundo

lámina-bebé-lola-caye#PlayItLoud!

¡Hola a todos! Hoy volvemos a la normalidad seguramente con algo de resaca después de tanta Navidad y tanta locura de días festivos. Espero que hayáis pasado unas semanas estupendas y que los Reyes se hayan asomado a vuestros hogares para dejaros, al menos, un detallito, pero, sobre todo, un buen puñado de amor del bueno.

Yo hoy me asomo por aquí para enseñaros un nuevo encargo de láminas para bebés que he tenido el placer de crear. En este caso la felicidad vino multiplicada por dos y tocaba darle la bienvenida a dos preciosas pequeñas, Lola y Caye, que sin duda se han convertido en las princesas de su casa. Y qué mejor regalo para mí que tener la oportunidad de ilustrar algo tan bonito como su llegada al mundo.

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Aquí de nuevo he jugado con la simplicidad para otorgarles total protagonismo a la madre y a sus pequeñas, buscando la armonía entre los colores de la guirnalda y las letras y los de la ilustración. ¿Qué mejor detalle para decorar la habitación de estas dos princesas que un retrato personalizado que sirva para recordar un momento tan especial?

Y aunque hayan pasado las Navidades, el babyboom continúa en alza, por lo que si os interesa regalar algo original y hecho a mano, sólo tenéis que escribirme y contarme vuestra idea.

Yo me despido por hoy, que las fiestas me han dejado un poco trastocada y aún ando a ciegas sin saber en qué día de la semana vivo. Miro el calendario y veo que me toca recordaros que por aquí os espero el viernes, a ver si para entonces se nos ha calmado un poco el subidón de tanto turrón.

¡Que paséis un gran día!

P.D. Quiero agradeceros la gran acogida y participación que tuvimos el lunes con el primer encuentro de Blogersando. Recordad que mañana tenemos entrada en el blog de la iniciativa para dar a conocer a los finalistas y además os contaremos el tema para el próximo mes. ¡Os esperamos!

Navidad con sabor a mantequilla

galletas-mantequilla3#PlayItLoud!

Llegó la nochebuena y la Navidad deja de ser el eslogan de un anuncio para convertirse en algo real. Las familias, más o menos grandes, se reúnen, el menú adquiere un aire más sofisticado, aunque no esté la cosa para tirar de cochinillo al horno ni de caviar (que a mí, plin), pero sólo con poner el mantel navideño, como que ya adquiere otro aire. Son los buenos deseos y el querer ser más amables lo que enciende la chispa estas fechas, aunque el materialismo y los mil y un regalos que ansiamos comprar lo nublen y pretendan distorsionar su significado. Yo sigo soñando y pidiéndole al nuevo año esa razón para sonreír de la que os hablaba el año pasado. Y es que las cosas no han cambiado tanto en un año, por mucho que algunas personas detrás de un plasma nos cuenten eso de que lo malo del mundo ya es historia…

galletas-mantequilla

Pero mejor no hablemos de según que temas si no queremos despertar al Grinch que habita en mí. Hoy quería contaros que hace unos días hice galletas, quizás invadida por el espíritu festivo, y como quería que fuese algo fácil a la par que apetecible, me decidí por las de mantequilla (os dejo aquí el link a la receta que seguí, súper fácil y bien explicada, nivel no-soy-capaz-de-freír-un-huevo). Para hacerlas un poco más navideñas, usé unos moldes en forma de estrella que compré hace un par de semanas en Søstrene Grene, una nueva tienda que han abierto en Málaga (del mismo estilo que Tiger) y en la que puedes encontrar cositas muy económicas.

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No estaba muy convencida de cómo saldría la cosa, pero me quedé bastante sorprendida de lo fáciles de preparar que son y sobre todo del resultado, están riquísimas y no tienen nada que envidiarles a las típicas galletas de mantequilla danesas. Sólo necesitaréis cuatro ingredientes (mantequilla, azúcar, harina y esencia de vainilla) y en menos de los que os imagináis tendréis la casa oliendo tan bien que será difícil no querer comerse todas las galletas de un tirón.

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¿No os parecen perfectas para una merienda navideña? Acompañadas de un té o un chocolate caliente y en buena compañía, que se quiten los bombones dorados y sus opulencias. Además son muy económicas y con poquita cantidad de ingredientes te da para llenar una caja entera e invitar a merendar a toda la familia.

Y ahora sí, yo recojo los bártulos y me marcho unos días al pueblo, a disfrutar de la Nochebuena y la Navidad en casa, a dar paseos forrada hasta las cejas para combatir el frío rondeño y a reunirme con amigas invencibles en un encuentro del que os daré buena cuenta llegado el momento.

¡Felices Fiestas a todos! Y recordad, la Navidad es mágica gracias a los pequeños detalles, así que no se me vuelvan locos. Quieran mucho y rían aún más.

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Cádiz: Viaje a la infancia

La-Caleta-Cádiz#PlayItLoud!

Hoy, con el fin de evitar un posible empacho navideño, aparco la temática festiva para compartir con vosotros una visita relámpago a un lugar muy especial. Quienes me seguís por Instagram quizás os tropezarais la semana pasada con un par de fotos que subí desde Cádiz, donde pase poco más de un día con mi madre y uno de mis hermanos. Pese a lo corto del viaje, tuvimos la ocasión de pasear por algunos de los sitios más bonitos de la ciudad y es que con una gaditana de pura cepa como mi madre es imposible no acertar con la ruta perfecta.

Cádiz es el sitio donde pasé la mayoría de mis veranos cuando era una niña, aquellos días eternos en los que la felicidad consistía en asomarme al balcón para respirar el olor a mar y perderme en la inmensidad de aquel océano que se extendía justo delante de la casa de mi abuela. Ponerme el bañador y agarrar el flotador de temporada para cruzar la calle y llegar hasta la playa de La Caleta, a la que se accede a través de ese arco que nunca podré olvidar, aunque no volviese a ver una foto en cincuenta años.

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Cádiz es también el lugar donde nací, pese a haber crecido en Ronda. Mi madre decidió que quería que yo naciera allí donde ella creció y así, en pleno verano y en uno de los días más calurosos del año, llegué yo al mundo oliendo a sal, aunque después me hiciese mayor en plena sierra.

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Recuerdo aquellos veranos con mucho cariño. Las noches calurosas de balcones abiertos de par en par, en las que teníamos permiso para acostarnos más tarde y en la tele podíamos ver Antena3 y Telecinco, cuando aún la señal de las privadas no había llegado a Ronda. Los días sin reloj haciendo castillos en la orilla, bolas de arena o buscando cangrejos entre las rocas. Las marcas del bañador en la piel como un tatuaje. La arena blanca de la playa. El trofeo Carranza que mi hermano mayor y mi abuelo no se perdían.

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Algunas mañanas, el plan consistía en hacer ruta familiar hasta la Plaza de las Flores, desayunar churros y ver los puestos. Otras caminábamos hasta ella para comer pescaito frito. Y pese a la de años que podía llevar sin recorrer el camino, reconocí las calles, las tiendas y hasta nos acordamos de algunos de los vecinos que siempre paseaban por el barrio.

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Y si Cádiz es bonita de día, no lo es menos de noche. Aunque reconozco que recorrerla bajo la luz de la luna me resultó algo más novedoso, como si de alguna forma se tratase de otra ciudad. Es lo que tiene que la mayor parte de mis recuerdos infantiles en esta ciudad tuviesen lugar a pleno sol. Por eso agradecí mucho el tour que nos regaló mi madre, que bien podría ella haber hecho con los ojos cerrados, creedme.

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La noche me regalo instantáneas como esta,  calles estrechas y farolas antiguas que alumbran fachadas sencillas pero a la vez tan bonitas, con persianas de las que ya no se compran para las casas y macetas muy andaluzas en sus pequeños balcones. En la siguiente foto, la Catedral de Cádiz y a su izquierda el colegio en el que estudió mi madre.

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El Gran Teatro Falla, casa de los carnavales, templo de chirigotas, comparsas, cuartetos y coros, de los que cantan con todo el arte cuplés y pasodobles de letras pegadizas con las que sacan punta a la actualidad, sin miedo a no dejar títere con cabeza.

Y hasta aquí nuestro viaje, relámpago y fugaz, pero muy valioso para mi retina, mis recuerdos y el carrete de mi cámara del móvil. Gracias mamá por rescatar tan buenas memorias. Me quedo con muchas ganas de volver a por más.

Espero que lo hayáis disfrutado y no me despido sin desearos un feliz fin de semana.

¡Hasta el lunes!

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Quien tiene dos hermanos, tiene dos tesoros

Hermanos#PlayItLoud!

Ya os conté, en el post de 50 cosas sobre mí, que tengo dos hermanos. Yo soy la mediana y la única chica (la niña de la casa). Mi hermano mayor me saca un par de años (si buceáis entre los posts del precioso blog fotográfico de mi cuñada Bea, Buscando la luz, podréis hasta ponerle cara) y yo le saco al pequeño algo más de cuatro años y medio, por lo que para mí siempre será mi hermano chico, aunque el enano me saque dos cabezas. Y es que tiene guasa la cosa, mientras yo ando ahí arañando el metro sesenta, que no llego a alcanzar, los dos señores llegan bien holgados al metro ochenta…

Lo cierto es que mis hermanos han sido bastante responsables de que mi infancia haya sido muy feliz. Como casi todos los hermanos nos hemos peleado mucho, cosas de niños, pero sobre todo hemos jugado un montón y, aunque ellos no se han animado nunca a participar en mis culebrones con las Barbies, yo nunca puse demasiadas pegas a lo de jugar a los ‘Click‘ de Playmobil (vale que eran unisex…) y hasta a los G.I. Joe (los yiyou de toda la vida), eso sí, a éstos últimos recuerdo yo que jugaba con una muñequita de cartón bien guapa y hacía que me disfrazaba del Comandante Cobra cuando tenía que luchar (mi hermano pequeño sólo tenía personajes masculinos, así que ese era el único muñeco que me permitía seguir haciendo el papel de chica).

Hemos pasado también rachas tontas, como ese tiempo en que mi hermano mayor y yo, que nos creíamos ya demasiado adultos, nos peleábamos porque ninguno de los dos quería llevarse al peque a la calle cuando mi madre nos lo pedía (pobre mío). O ya en la adolescencia, cuando llegaba a tener broncas de campeonato con el grande por cualquier tontería y hasta nos perseguíamos por la casa (a pesar de ello fuimos siempre de la misma pandilla mientras vivimos en la misma ciudad).

Cosas curiosas, pese a ser yo la única chica, he sido siempre la más protectora de los tres. Mis hermanos no me han dado nunca la lata con eso de los ligues ni los novios, ni a dónde vas ni a qué horas llegas, y sin embargo, yo he sido (y creo que sigo siendo…) un tanto pesada en este aspecto. Pero es de buena fe, todo se debe a que soy una ‘preocupona’ enfermiza y en seguida me inquieto (a veces demasiado).

Y ya somos adultos, cada uno vive en un sitio distinto y tiene una vida propia, no nos vemos tan frecuentemente como quisiera, pero aún así, puedo decir que mis hermanos son mis amigos y que si cualquiera de los tres necesita algo, los otros dos no tardarán más de un segundo en alargar el brazo. Y aunque pasen veinte años más, seguiremos recurriendo a las bromas de hermanos que no se entienden fuera de ese contexto, a las mil anécdotas que nunca se habrán recordado los suficiente. Y todas las cosas que aún nos quedan por compartir. ¡Os quiero torpedos! (nota mental: escribirles un whatsapp para pedirles que pasen hoy por el blog).

Mi ilustración del viernes va por ellos y así me despido hasta el lunes.

Pasad un fin de semana genial.

PD. Hoy me permito un #PlayItLoud! un tanto friki, la ocasión lo merece :)

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Proyecto de la A a la Z: C de Caminata

C de Caminata#PlayItLoud!

Los sábados no son día de post, lo sé, pero es que una, que no se da cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, se acaba de percatar de que ya es 9 de agosto y, por tanto, el último día para participar en el proyecto de la A a la Z, de Miss Lavanda, con la letra C. Y ya que me he propuesto formar parte de él, mejor no descolgarse a la primera de cambio.

No he preparado nada a conciencia para esta letra, así que os traigo un pedacito de las muchas fotos que disparo a lo loco cada día. Quienes me acompañáis por aquí y por las redes sociales sabréis que esta semana he pasado unos días en mi #pueblitobueno, donde, en lugar de dormir a pierna suelta, he madrugado para aprovechar las mañanas fresquitas y dar largos paseos con mi madre, a esas horas en las que aún no hay mucha gente por las calles y te sientes feliz por no haber sucumbido al poder del colchón y las sábanas.

Así que hoy os enseño una foto con la C de Caminata. Arriba tenéis la que más me ha gustado de todas y aquí abajo os dejo un minicollage de otros instantes capturados con la cámara de mi iPhone (qué haría yo sin él), mientras subíamos cuestas y bajábamos escaleras.

¡Espero que os gusten!

Caminatas por Ronda

Podéis ver las fotos del resto de los participantes aquí (somos un montón) y votar por vuestras favoritas a partir de manaña.

Ahora sí, hasta el lunes :)

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Los lugares mágicos de mi niñez

Ronda, ciudad soñada“He buscado por todas partes la ciudad soñada, y al fin  la he encontrado en Ronda»  – Rainer María Rilke

#PlayItLoud!

Hoy, como ya hiciera cuando os enseñe el caos que gobierna en mi escritorio, vuelvo a sumarme a otra iniciativa de BabyCatFace, esta vez totalmente distinta a la anterior. Aparcamos el mundo de la ilustración y lo hecho a mano y nos vamos de paseo por lugares mágicos. Yo, en realidad, he alterado un poquitín la temática, ya que Coral nos proponía mostrar algún lugar en concreto que tuviese cierto halo de magia para nosotros, pero como no he sido capaz de quedarme con uno, os traigo un buen puñado de fotos del lugar donde crecí: Ronda, una ciudad preciosa de la provincia de Málaga.

Lo cierto es que Ronda tiene bastantes lugares medio ruinosos fotografiables, que me habrían venido de perlas para esta entrada. Pero descarté algunos de ellos por cagueta y otros porque son algo difíciles de fotografiar y yo no llevaba más que la cámara del móvil. Por eso al final me decidí a pasear por la Ronda de mi niñez, que sin duda está compuesta por un montón de rincones mágicos que me transportan a la infancia sin tener que cerrar los ojos y hacen bailar mariposas en mi estómago, como cuando te enamoras. Porque al final es imposible no estar enamorado de esos lugares en los que has sido tan feliz, de esas calles y plazas por las que tanto has correteado. Y eso me pasa a mí con la Ronda de casas blancas y suelos empedrados.

Ronda Alameda

Empezamos el recorrido en la Alameda (arriba), un parque bien grande situado en la cornisa del Tajo (os aseguro que asomar la cabeza por entre los barrotes de esos balcones que se ven al fondo impresiona bastante). La Alameda es ese lugar donde tus padres te sacan a pasear en el carrito cuando eres un bebé, donde te llevan de niño para que corretees detrás de las palomas y le des de comer a lo patos, donde quedas con tus amigos del colegio los fines de semana (para comprar chuches en el carrillo de Mari, que allí está ella desde que tengo uso de razón, y no le pasan los años por encima), donde das tus paseos tímidos con esos primeros amores de la adolescencia. Ese sitio que pisé casi a diario desde mis tres años, cuando empecé a vivir allí, hasta los dieciocho que me marché. Se dice pronto.

Ronda colegio

Bajamos hasta la zona de los Ocho Caños por cualquiera de las tres cuestas que te conducen a ella. Allí está mi colegio, La Inmaculada y San José de la Montaña (colegio de monjas, sí…). Esa puerta que veis ahí, la del número 49, era la entrada de los mayores (y qué mayores que nos creíamos cuando por fin nos dejaban cruzarla), por la que accedías ya en los últimos cursos de la EGB. Allí pasé diez años y, por más que quisiera, me sería imposible resumir en un sólo párrafo todas las aventuras que viví con mis primeros amigos en sus patios, aulas y pasillos entre clase y clase, a la hora del recreo o en los ratos de comedor.

Ronda plaza oscuridad

No lejos del colegio, nos encontramos con la luminosa Plaza de la Oscuridad y las calles empinadas y escalonadas por las que accedes a ella. A salvo del tráfico y el bullicio que puedes encontrar en el centro de la ciudad. Es uno de esos lugares perfectos para escaparse un rato y cobijarse bajo una sombra, escuchando únicamente el ruido de los pájaros y el agua de la fuente.

Ronda Arco Felipe V

Otra de las zonas más mágicas es la del Puente Viejo y el Arco de Felipe V, que es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad y pese a ser objetivo de los numerosos turistas que visitan Ronda cada día, sigue siendo un lugar precioso para pasear (sobre todo si vas entre semana). También es un magnifico punto en el recorrido de las famosas «rutas del colesterol» (que así, de paso, acabé haciendo ese día), y es que subir y bajar cuestas de suelos empedrados es uno de los ejercicios más efectivos que existen. Y además es gratis.

Ronda ayto

Y para acabar el paseo, una de ventanas, macetas y flores de las que te sorprenden en cualquier esquina, convirtiendo las fachadas en pedacitos de arte. Beber agua dulce y fresca de una fuente y sentarte en la plaza del Ayuntamiento, a tomar un café a la sombra fresquita, con la música de una guitarra llena de magia de fondo y el corazón contento por haber revivido tantos recuerdos felices.

Gracias especiales a mi mamá guapísima por compartir este paseo conmigo, ataviadas con modelitos dignos de esas grandes «señoras que salen a andar». Vamos a tener que convertirlo en rutina cada vez que me escape de visita.

Espero que hayáis disfrutado del paseo, que no acaba aquí, porque aún os quedarán algunos lugares mágicos por descubrir en el blog de BabyCatFace y de los participantes que se hayan animado a formar parte de esta preciosa iniciativa.

¡Que paséis un gran día!

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Bolsos handmade

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Con esto de que últimamente ando todo el día con el ordenador, la tableta y las libretas de aquí para allá, llevaba ya un tiempo echando en falta un bolso adecuado para cargar con todo cómodamente. Cierto que el mercado está lleno de modelos súper equipados para tal fin, con sus bolsillos para cada cosa y sus acolchados protectores. Pero, ¿qué os voy a contar a estas alturas que no sepáis ya? Tenía que ser hecho a mano. Y con amor, eso siempre, y qué mejor amor que el de una madre. Y es que hoy las manos artistas son las de la mía, que la máquina de coser y yo aún no somos del todo íntimas (todo se andará, no sufráis).

bolso saco preparación

Mi aportación al proyecto fue la del diseño, que como podéis ver es bien sencillo (a veces menos es más), y la elección de las telas. Tenía en casa varios metros de tela de saco de unas cortinas que desechamos, pero de las que no quise deshacerme (todo puede servir llegado el momento) y me pareció una buena elección para usarla como exterior del bolso. Con el fin de darle un toque más alegre y llamativo, elegí una tela estampada y bien resistente para el interior.

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Un par de toques más: las asas de cuero color chocolate, que combinan bastante bien con ambas telas, y un bolsillo interior para guardar el móvil y todas esas cosillas que no conviene echar en el fondo del bolso (ese triángulo de las bermudas en el que cualquiera encuentra lo que busca a la primera).

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Y a modo Bonus Track os dejo nuestro fotocall casero improvisado. No nos ha quedado de portada de revista Hola, lo sé, pero después de cincuenta fotos y media hora de risas, creo que las «salvables» se merecen un huequecito en este post.

bolso saco fotocall

¡Espero que os guste! Yo ya le estoy dando uso :)

Hasta el miércoles.

PD. ¡Gracias, mamá!

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Estambul en formato Instagram

#PlayItLoud!

Esta semana, mi lunes se pasa al martes, y es que ayer, bien tempranito, regresábamos de Estambul, donde hemos pasado unos días con la familia para asistir a una boda. Con eso de ahorrar en equipaje, dejamos nuestra cámara en casa y decidimos tirar de móviles. Yo, para rizar un poco más el rizo, decidí captar una perspectiva distinta de la ciudad, evitando las fotos paisajísticas de monumentos y mezquitas (que a mí no se me dan nada bien y además pueden encontrarse en Google a golpe de clic) y centrándome en inmortalizar instantes mágicos y rincones bonitos. Todo ello en formato Instagram.

Si te apetece, ¡quédate, que arrancamos!

Estambul azulejos

Una de las cosas que más me enamoró de la ciudad fueron algunos de sus suelos y azulejos. Los de las salas del  Palacio de Topkapi eran para llevárselos a casa (suerte que me dio lugar a disparar unas cuantas fotos antes de que el guardia me recordara que allí no se podía).

Estambul comida

Me llamaron mucho la atención los puestos de castañas, siempre presentes en tramos peatonales, y todos iguales, con sus ruedas y su toldo de rayas rojas. Altamente recomendable, disfrutar de un brunch el domingo con un desayuno turco tan apetitoso como el que podéis ver aquí arriba. Delicioso. Por si queréis apuntar, nosotros fuimos a una zona llamada Rumeli Hisari, en el Bósforo.

Estambul Beyoglu

Caminar por el paseo del Bósforo si el día está soleado es casi una obligación, como también lo es perderse por las callejuelas del centro de Estambul, en el barrio de Beyoglú, que esconde cuestas, escaleras y calles empedradas, mucho verde y un sinfín de terrazas en las que disfrutar de un humeante y rico té turco. Escapar de lo meramente turístico te permite conocer otra cara de la ciudad, más tranquila y mucho más auténtica.

Estambul Civan

Y por último os dejo unas fotos de Civan, una tienda tan preciosa que merecía ser empaquetada con todo lo que hubiera dentro. Ya veis lo fotogénica que es y, además, todo es hecho a mano por ellos.

Espero que hayáis disfrutado del paseo y de esta perspectiva algo más personal de una ciudad tan turística.

¡Nos leemos mañana!

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Ciclogénesis explosiva y otras historias

Ciclogénesis explosiva

*Play it Loud!

Si me contáis que estos días ha llovido y casi diluviado, os creeré por el ruido que hacía el agua al chocar contra la fachada de mi casa. Lo cierto es que una ciclogénesis explosiva, lluvia de meteoritos y hasta tormenta del desierto podría haber ocurrido ahí fuera, y yo me habría enterado de poco o nada. Sé que fue lo primero porque lo he visto en las noticias, claro. Y porque ya se encargó un apasionado Roberto Brasero de explicarnos bien en qué consiste eso de la ciclogénesis y de enseñarnos esas fotos preciosas, que envían los tele-espectadores, de nubes cargaditas de tormenta y amaneceres impagables.

No es que haya hibernado durante tres días y tres noches (aunque sí que tuve unas palabras con el Señor del Sueño, y conseguí que me devolviera algunas horas de menos que me viene entregando últimamente), pero es que, casi sin darme cuenta, llevo desde el martes sin poner un pie en la calle. Si cuando dije que estas Navidades serían familiares, no estaba bromeando.

Es lo que tiene volver a la casa donde fuiste niña, que las posibilidades son infinitas. Sobre todo para alguien con un elevado nivel de diógenes en la sangre como yo. Si la morriña acecha, siempre puedo echarle un ojo a las Super Pop de los años 90, a mi colección de Barbies despelucadas o a mis diarios llenos de delirios adolescentes. Además, me he venido de Málaga arrastrando conmigo media habitación del pánico de los sueños (esa donde acumulo todo lo que creo que me puede servir para crear algo), con la intención, bien podría parecer, de llevar a cabo una maratón de manualidades que me permita cumplir con todos mis autoencargos de regalos handmade.

Y llamadme abuela si queréis, pero bien a gusto que he estado. Tres días de cortar, pegar, dibujar, cocinar… Y comer. Comer mucho, pero mucho (por precaución y salud mental la báscula de mi madre y yo sólo nos estamos mirando de reojo, que no quiero que me baje de mi nube). Pero hoy ya cambiamos de tónica, que ningún exceso es bueno y el fin de semana llama a la puerta. Tocan los buenos paseitos, unas cañas con sus tapas y un poco del frío ese que te hiela la nariz.

Os digo yo que de aquí al domingo, casi habré renovado las energías que necesito para volver a la rutina el lunes (y si acaso falta un último empujón, tenemos la Nochevieja ahí, a un paso).

¡Disfrutad del fin de semana y de las fiestas, que aún duran!

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Por una razón para sonreír

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*Play it Loud!

Ahora sí, ¡Feliz Navidad! Espero que la ciclogénesis explosiva que protagoniza las noticias desde hace ya un par de días os pille a buen resguardo, con vuestras personas favoritas cerca y los estómagos bien felices.

Ojalá los deseos de cosas buenas pudiesen llegar a todo el mundo. Ojalá todo aquel que llegue a leer esto tuviese la posibilidad de mirar a su alrededor y encontrar un motivo de peso, una razón a la que regalarle una sonrisa.

La Navidad es ese día tan históricamente etiquetado de familiar y feliz, en el que no vale comer pizza o tortilla de patatas, en el que la tele te enseña que el kilo de angulas ronda los 900 euros y que el árbol ha de amanecer rodeado de regalos. En el que te dicen que lo normal es tener una familia como las de las pelis americanas y que seáis cuarenta para cenar.

Pero entonces descubres que en Navidad pasan cosas como el desahucio de un Banco de alimentos, familias que, si pueden, tiraran de las sobras de una nevera vacía y niños a los que Papá Noel no podrá visitar. También hay recortes de derechos, medidas regresivas y amenazantes subidas de la luz.

Y entonces no puedes sino ser feliz a medias, porque miras alrededor y ves razones por las que sonreír y deseas que todo el mundo pudiese tener una, o muchas. Porque no entiendes por qué no pueden tenerlas. Porque no se trata de ricos y pobres, se trata de todos nosotros. De ti, de mí y de las personas de nuestra vida.

Y, ¡qué narices! Claro que quiero unas Navidades de villancicos, felicidad y amor. Y un poco de justicia para todos. Así que mi deseo para este año que llega es el de un cambio de rumbo que nos regale a todos la humanidad necesaria para dejar de mirarnos el ombligo y entender que nos necesitamos los unos a los otros, y que quienes merecen ser salvadas, por encima de todo, son las personas.

Desde aquí, muy Felices Fiestas y, si la tienen cerca, aférrense a su razón para sonreír.

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