Crónicas de una mudanza (episodio 1)

mudanzas#PlayItLoud!

Sí, como posiblemente estéis imaginando, por aquí estamos de mudanza. Bueno, no hemos empezado aún, pero es inminente y creo que mis dolores de espalda ya se empiezan a manifestar como anticipo de lo que se me viene encima estas semanas.

Toda mudanza tiene un sólo momento ideal: encontrar el piso. Vas a verlo y recorres las distintas habitaciones de la casa sonriendo, pensando ‘es éste’. Das el sí y te dicen que es tuyo y ahí tienes tu instante de felicidad. Luego llegas a la que aún es tu casa y piensas ‘cómo narices voy a ser yo capaz de sacar todo esto de aquí’.

Y en ese episodio me encuentro yo ahora mismo. En el que miras de refilón los mil y un trastos que te rodean e intentas pensar en otra cosa, mientras te invade el fuerte deseo de tener los poderes de Mary Poppins y que las cosas se hagan con un un simple chasquido de dedos. Y es que lo malo después de cuatro años de convivencia es que prácticamente lo único que dejamos en esta casa son el suelo y las paredes, porque ya somos dueños de todos los muebles con los que llenamos cada habitación: cama, cabecero, sofás, mesas, sillas, escritorio y un largo etcétera de objetos acumulados (algunos útiles y otros no tanto) a los que probablemente maldiga a la hora de sacarlos de aquí.

Una buena cosa de las mudanzas es la posibilidad de deshacerte de trastos que sabes que no necesitas y así sacudirte un poco el síndrome de Diógenes del que a veces abusamos. Porque aunque mi ropa no requerirá de ninguna otra criba este invierno, después de la limpieza de armario de la que os hablé hace unos meses, no estoy segura de poder decir lo mismo de mi rinconcito craft. Ahí fijo que me toca ser selectiva y objetiva (y puede que hasta me de para un post) y deshacerme de más de una y de dos cosas.

Os adelanto que es muy probable que me leáis despotricar y quejarme del cansancio que se convertirá en compañero de viaje estas próximas semanas. Prometo intentar afrontarlo con la alegría que me da el saber que no queda mucho para estar instalados en nuestro nuevo hogar, una casita preciosa y libre de gotelé (y aquí cae una lágrima de emoción), con un montón de espacio para dejar de vivir en un Tetris continuo (suspiro y pausa).

Y a vosotros, ¿os gustan las mudanzas? ¿Se os da bien eso de organizar y trasladar mil y un trastos? Si tenéis algún consejo maravilloso que haga más alegre y llevadero este tipo de momentos, soy toda ojos y la sección de comentarios es toda vuestra. Y si no, unas palabras de ánimo siempre se agradecen.

Que paséis un día genial.

fin post-

Chalk paint DIY – Una de aventuras y muchas desventuras

#PlayItLoud!

Me había propuesto publicar este post tanto si el resultado final de mi experimento era un hit como si era un fail. En el primero de los casos, el porqué es obvio. En el segundo, porque mis buenas horas le he echado al asunto y a veces de los errores se aprende y compartir los fallos desahoga e incluso puede servir para echar un cable a otras personas. Lo que finalmente ha sido… Juzguen ustedes mismos. Yo, por lo pronto, os pongo en antecedentes.

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Si sois algo asiduos a este mundo de lo hecho a mano, los blogs y las cosas bonitas, seguro que habéis escuchado hablar de esa pintura mágica, mundialmente conocida como Chalk Paint (creación de una señora llamada Annie Sloan, experta en pintura decorativa, a quien no le debe estar yendo nada mal con el invento – podéis leer más acerca del tema aquí). E igual también os habéis topado con algún post que os cuente fórmulas caseras para imitarla (yo aterricé en éste, donde lo explican muy bien).

Muy resumidamente, el chak paint es un tipo de pintura cuyo acabado es similar al de una pizarra y que permite incluso pintar con tiza sobre la superficie. Es una pasada para restaurar muebles de cualquier material, ya que no requiere tratamiento previo, y el acabado que se consigue es bonito a rabiar (si escribís chalk paint en Google y vais a imágenes, veréis de qué os hablo).

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Teníamos esta mesa blanca escondida en casa desde hace un tiempo. Estaba vieja, sucia y descuidada y llevaba unos meses pidiéndome a gritos ser mi conejillo de indias en el experimento de la pintura de tiza casera. Así que finalmente me decidí a comprobar si eso del “tuneo homemade” era una realidad o se quedaba en leyenda urbana (hace un par de días me tragué un programa enterito de Los Cazadores de Mitos, así que ando emocionada de la vida creyéndome una de ellos). Tras mi experimento con la mezcla y el aplique deduje que:

  1. la mezcla de la pintura, el yeso y el agua es sencilla y apta para principiantes.
  2. es fácilmente aplicable y los defectos de la superficie a tratar se cubren con facilidad (vamos, que el chalk paint es a un mueble viejuno lo que la BB cream a mi cara un lunes por la mañana…).
  3. el resultado final da bien el pego y es cierto que tiene una textura similar a la de una pizarra.

Podemos decir por tanto que el invento funciona (Plausible! – que dirían en el programa).

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Pero, tiene que haber algún “pero” (aunque sea sólo mío). Y en mi caso fue el tratamiento posterior para darle a la mesa un acabado vintage (maldita moda, por más que la adore…). Mi primer error fue comprar dos colores de verde. El más claro era sólo para que se percibiese en las zonas donde pensaba lijar la pintura del tono más oscuro, pero con el blanco de la mesa me hubiese bastado…

Busquemos el lado bueno, una doble capa nunca viene mal.

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El desastre total llego en el momento de lijar. Una pesadilla, de verdad de la buena. Compré un taco de lija que al dibujo de la mesa de poco le servía (¡miss ocurrencias!, tal cual), así que pronto cambié al formato papel, pero éste se desintegraba en cuestión de segundos. Y con él, mis guantes de látex. Y con ellos, casi mis dedos (no miento). Además de esto, creo que mis pulmones pueden haber quedado cubiertos por una buena capa de polvo de pintura a la tiza. Handmade. Y lo mejor de todo es que resultados, pocos. Después de sudar y sufrir con los bordes de la mesa y los dibujos más grandes, pensar en lijar la celosía me provocaba unas ganas conjuntas de gritar y echarme a llorar.

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Al final recurrí a un remedio poco ortodoxo y no muy digno de ser incluido en los pasos de un bonito tutorial DIY. Pero, ¿qué queréis que os diga? Estaba desesperada y a punto de mandar la mesa a porra, así que cogí las tijeras y raspé, en modo poseída, los cuadraditos y los bordes menos accesibles. Y, ¿sabéis qué? Que ahora que lo pienso, debería haberlas usado desde el principio.

Un par de respiraciones profundas para recuperar la calma y cumplir el último paso: dar cera, pulir cera. Nueva intoxicación. Un consejo si queréis hacer esto en casa: usad mascarilla. Desde el paso uno.

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Y finalmente… mesa lista. No es exactamente como la pintaba en mi cabeza, pero tampoco es un auténtico desastre para ser mi primer mueble restaurado… Y pensaréis, dirás más bien primero y último, o ¿es que, después de todo lo que acabas de contar, aún te quedan ganas de repetir? Claro, que lo que vosotros no sabéis es que a mí, a cabezona, no me gana nadie.

Ya por último, una cosita más, que después de tanto sufrimiento tengo que preguntar. ¿Qué os parece a vosotros?

Comentad, pero sed piadosos… :)

¡Nos leemos el viernes!

fin post-